LIBRO IX (CONT.)

XXXVIII. Afirman los anomalistas que, siendo toda la naturaleza de género masculino o femenino o neutro, debería haber, de cada una de las palabras, tres formas, como albus (blanco), alba (blanco), album (lo blanco). Ahora bien, en muchas ocasiones solo tenemos dos, como Metellus, Metella o Aemlius, Aemilia. Y a veces una sola, como tragoedus (actor trágico), comoedus (actor cómico). Así, mientras existen Marcus, Numerius, no existen Marca, Numeria; se dice corvus (cuervo), turdus (tordo), pero no se dice corva, turda; y a la inversa, tenemos las formas femeninas panthera (pantera), merula (mirlo), pero no sus masculinos pantherus, merulus. Sin ninguna dificultad distinguimos el masculino del femenino de todos nuestros hijos, como Terentius y Terentia, pero en cambio no distinguimos de igual manera los de los hijos de los dioses y de los esclavos: para designar al hijo y a la hija de Júpiter no decimos Iovis y Iova. Hay, en esta línea, gran número de palabras que no se atienen a la analogía.
A esta objeción anomalista contestamos que, si bien la realidad del objeto está en la base de todo lenguaje, sin embargo, si esta realidad no se ha hecho efectiva en el uso, tampoco han cobrado efectividad las palabras. Por ejemplo, se dice equus (caballo) y equa (yegua) porque la diferencia de sexo de estos animales está el uso. En cambio, no decimos corvus (cuervo) y corva («cuerva)», porque la diferencia natural del sexo de estos animales no está en uso. Por este motivo encontramos algunas palabras que entrañan distinción entre el uso actual y el antiguo. Por ejemplo, antaño todas las palomas, fueran machos o hembras, se denominaban columbae, porque no tenían el uso doméstico que tienen hoy día; actualmente, sin embargo, debido al uso doméstico que hacemos de ellas, y porque las distinguimos, al macho se le denomina columbus y a la hembra columba.
Cuando la naturaleza se hace patente en los tres géneros, y semejante distinción se pone en practica, es entonces cuando finalmente se emplean de manera formal, como tenemos en doctus, docta, doctum. La doctrina puede plasmarse en estos tres géneros, y es el uso el que ha enseñado a distinguir entre “cosa docta” y “personas doctas”, en las personas entre “hombre docto” y “mujer docta”. En el masculino, en el femenino y en el neutro, ni la naturaleza del masculino, ni la del femenino, ni la del neutro pasa de un género a otro; y, en consecuencia, no se dice feminus, femina, feminum, etc. De manera que cada género se designa con un nombre particular y distinto.
Por lo tanto, en aquellas cosas en que no existe una similitud avalada por la naturaleza o por el uso, no debe buscarse una relación de semejante tipo. De manera que, igual que se dice “hombre sordo” y “mujer sorda”, se dice también “teatro sordo”, porque las tres cosas se toman en consideración en cuanto a su capacidad auditiva. En cambio, nadie dice “dormitorios sordos”, porque lo que hay que considerar en éste es el silencio, no su recepción sonora; pero si ese dormitorio carece de ventanas se le califica de “ciego”, cubiculum caecum -del mismo modo que existen el masculino caecus y el femenino caeca- , porque todos los dormitorios deben estar dotados de luz.
El masculino y el femenino poseen entre sí, por su propia naturaleza, una cierta afinidad, mientras que el neutro no posee con ellos afinidad ninguna, porque, por su naturaleza, es diferente. Y, entre los neutros mismos, poquísimos son los que mantienen entre ellos alguna afinidad. Ese motivo es el mismo por el que los nombres de los dioses y de los esclavos no experimentan iguales variaciones que los nombres de las personas libres: por lo que respecta al uso, fue necesario establecer una distinción para los hombres libres, distinción que no afectaba en absoluto a las demás personas, porque entre los esclavos no tiene ningún fundamento en el uso la naturaleza gentilicia, mientras que ésta resulta necesaria en los nombres de quienes nos encontramos en el Lacio y somos personas libres. Por lo tanto, aquí tiene vigencia la analogía, y se dice Terentius para el hombre, Terentia para la mujer y Terentium para el genus (familia, linaje).
No sucede lo mismo con los praenomina, porque éstos han sido establecidos, en cuanto al uso, para designar a personas individuales, para diferenciarlas entre aquéllas que poseen el mismo nombre gentilicio. Por ejemplo, a partir del orden de nacimiento, nacimiento, como Secunda, Tertia, Quarta -entre las mujeres- y Quintus, Sextus, Decimus -entre los hombres-; y así, a partir de otros detalles. Cuando había dos o más personas denominadas Terentius, para distinguirlos, los designaban por alguna particularidad que poseyeran, de manera que, si uno había nacido por la mañana (mane), se le llamara Manius; si había nacido de día (luci), Lucius; si después de morir su padre, Postumus.
Análogamente, a partir de estos praenomina, cuando en las mujeres concurrían idénticas circunstancias, se derivaban antaño iguales denominaciones en género femenino, como Manía, Lucía, Postuma. Vemos que Mania se denomina la Madre de los Lares; que en el Canto de los Salios se menciona a Lucia Volumnia; que también hoy día mucha gente impone el nombre de Postuma a las niñas que nacen después de muerto su padre.
Por lo tanto, hasta donde haya llegado la naturaleza junto con el uso de una palabra, en la misma proporción habrá avanzado la analogía: no sólo en las formas que se han flexionado voluntariamente en masculino, femenino y neutro -a pesar de que, por ser voluntarias, no debían de manera obligatoria flexionarse atendiendo a la analogía-, sino también en aquellas otras formas naturales que deben flexionarse en la forma natural en que se encuentran. Por esto, los anomalistas no tienen razón cuando niegan la existencia de la analogia en los tres generos de los nombres.