LIBRO IX

I. (...) Extraordinario es el error de quienes prefieren enseñar lo que no saben antes de aprender lo que ignoran. En semejante error cayó Crates, famoso gramático, quien, basándose en Crisipo, hombre de agudísimo ingenio, que nos dejó escritos tres libros Sobre la anomalía, intentó rebatir la analogía y a Aristarco, pero de tal manera que, como revelan sus escritos, no parece haber comprendido ni los propósitos del primero ni los del segundo. Cuando Crisipo alude a la consistencia del lenguaje, su propósito es mostrar que cosas semejantes son designadas con palabras distintas y que cosas distintas son designadas con palabras iguales, lo cual es verdad. Y, cuando Aristarco alude a la consistencia del lenguaje, lo que ordena es seguir una determinada analogía de las palabras en lo que atañe a su derivación, aunque sólo hasta el punto que el uso nos permita.
Pero quienes, en el hecho del lenguaje, prescriben unos que sigamos el uso, otros que las reglas, no muestran tanta discrepancia entre ellos, porque el uso y la analogía están entre sí más unidas que lo que aquéllos creen, // por que la analogía ha nacido de un determinado uso, y de un uso semejante ha nacido también la anomalía. Por lo tanto, dado que el uso tiene su punto de partida tanto en palabras disímiles como en similares, así como en las formas que derivan de ambas, no deben rechazarse ni la anomalía ni la analogía, lo mismo que un hombre no está privado de alma por el hecho de estar dotado de cuerpo y de alma.
Pero para que puedan comprenderse con mayor facilidad las explicaciones que voy a ofrecer, debe previamente establecerse una distinción entre tipos de relaciones, pues los partidarios de una teoría y los partidarios de la otra aducen mezclados la mayor parte de los argumentos, de los cuales unos deben referirse a un problema y, otros a otro. En primer lugar abordaré las relaciones de la naturaleza y del uso, pues estos dos términos - naturaleza y uso- apuntan a dos objetivos distintos, ya que una cosa es hablar de la analogía de las palabras v otra decir que es preciso seguir la analogía. Segundo tipo de relaciones: el relativo al número y a los límites, es decir, si se debe afirmar que la analogía afecta a todas las palabras o sólo a la mayor parte de ellas. Y tercero, las relaciones de personas: quiénes deben observar la analogía, que son los más.
Y es que una cosa es el habla de la gente en general v otra, el de las personas particulares, y, de éstos, no es lo mismo la forma de hablar de un orador y la de un poeta, porque sus leyes no son las mismas. Y así, la gente, en general, debe atenerse a la analogía en todas sus palabras, y si tiene la costumbre de hablar incorrectamente, debe auto-corregirse. En cambio, el orador no deberá seguir la analogía en todos los casos, porque no puede hacerlo sin incomodar a su audiencia, mientras que al poeta se le permite saltar impunemente todas las barreras.
El pueblo se basa en su propia potestad; los particulares, en la potestad del pueblo. Por eso, del mismo modo que cada persona debe corregir su propio uso, si éste es incorrecto, así debe corregir el pueblo el suyo. Yo no soy el dueño del uso [lingüístico] del pueblo, sino que es él el dueño del mío. Igual que el piloto de una nave debe atenerse a la razón, y cada uno de los que van en la nave debe obedecer al piloto, así el pueblo debe también atenerse a la razón, y cada uno de nosotros a los dictados del pueblo.
Por lo tanto, si observas que aludo a algún hecho esencial en el lenguaje, date cuenta si se refiere a la existencia de la analogía o a la conveniencia de seguir normas. Y date cuenta, así mismo, de que, si es preciso reducir a la analogía el uso lingüístico, hay que distinguir si se refiere a la gente en general o a personas particulares, pues lo que resulta válido para todos puede no servir respecto a un individuo que se halla entre la gente.
II. Comenzaré en este punto a hablar de la analogía en general y de por qué parece oportuno no solo que no se la critique, sino que deba en cierto modo ser tenida en cuenta en la práctica. En segundo lugar, me referiré a críticas particulares que se le han hecho, expo niendo los argumentos con que pueden refutarse las objeciones que se le han formulado. Recogeré aquí las argumentaciones ya expuestas en el libro precedente y aquellas otras que pueden añadírsele y que pasé por alto en aquel lugar.
III. En primer lugar, en cuanto a la afirmación de que, quien quiera hablar correctamente, debe atenerse al uso, no a la norma de la analogía -porque, si pasa por alto lo primero, no podrá hacerlo sin desagradar a los oyentes, y si sigue la segunda no podrá hacerlo sin recibir críticas- se equivocan, porque quien al hablar se atiene al uso en la medida en que debe atenerse no lo hace sin una normativa.
IV. En efecto, podemos observar que los nombres y verbos que flexionamos de manera similar se atienen a un uso que tomamos como referencia, y si se comete un error lo corregimos ateniéndonos a aquél. Por ejemplo, cuando se ha amueblado un triclinio, si han colocado un lecho desigual a los otros dos, o si, siendo los tres iguales, han situado, uno más delante o más atrás de los otros, efectuamos la corrección atendiendo al mismo tiempo al uso común y a la relación analógica con los otros triclinios. Del mismo modo, si una persona, al hablar, en su expresión flexiona las palabras de forma irregular, debemos corregir su equivocación ateniéndonos al modelo de otras palabras similares.
Hay dos tipos de errores en la flexión: uno, aquellas formas que han sido han sido erróneamente aceptadas como uso; otro, aquellas formas que, aunque no han sido aceptadas, se emplean erróneamente. No admiten que pueda decirse este segundo tipo de palabras erróneas, porque aún no están en uso. Y tampoco admiten que el primer tipo de vocablos erróneos pueda decirse de forma distinta a como se emplean. Al obrar así es como si creyeran conveniente que se corrigiera a un niño que, por entretenimiento, comenzara a poner los pies por imitar a los patizambos.; y, por el contrario, no consideran oportuno corregir a quien, en su forma de andar, se ha convertido ya en un patizambo y caminara juntando las rodillas.
¿No se sacaría la conclusión de que obrarían neciamente quienes entablillaran las rodillitas de los niños para corregir sus piernas torcidas? Si no debe criticarse a un médico que lleva a la mejoría a un enfermo, haciéndolo abandonar una mala costumbre inveterada, ¿por qué va a tener que ser criticado quien intenta llevar al buen empleo lingüístico a una persona menos capacitada para ello por una mala costumbre?
VI. No hay que criticar a pintores como Apeles, Protógenes y otros artistas famosos por, el hecho de no haber seguido el estilo de Micón, de Dione, de Arimmas," e incluso de otros artistas más antiguos. ¿Y, en cambio, hay que criticar a Aristófanes, porque en ciertos casos prefirió atenerse a la norma correcta más que al uso incorrecto vigente?
VII. Porque, si han sido alabados hombres sapientísimos, tanto en el arte militar como en otras artes, por haberse atrevido a quebrantar en muchas una costumbre inveterada, deberían ser desdeñados quienes sostienen que es conveniente que el uso se imponga sobre la norma racional.
VIII. ¿Acaso citando, en nuestra ciudad, una persona acostumbrada a cometer un acto equivocado, no sólo no se lo permitimos, sino que además le imponemos un castigo y, en cambio, si alguien acostumbra a emplear erróneamente una palabra no lo corregimos, como si esto lo hiciera sin incurrir en ningún castigo?
IX. Y aquellas personas que envían a sus hijos a la escuela para que aprendan cómo se escriben las palabras que ignoran, mientras ellos, aunque tienen ya barba, seguirán desconociéndolas, ¿,no vamos a enseñarles cómo es preciso hablar, para que sepan cómo conviene expresarse según la normativa lógica?
X. Pero del mismo modo que una nodriza a los niños, habituados a mamar, no los aparta de manera radical de su alimentación habitual cuando intenta pasarlos de su antigua dieta a otra de mejor, así conviene que a las personas mayores, en su forma de hablar, se las haga pasar gradualmente de aquellas palabras menos correctas a aquellas otras que se atienen a la normativa lógica. Existiendo en el uso palabras contrarias a la norma que pueden ser fácilmente suprimidas, mientras que existen otras que parecen inalterables, aquellas que apenas están arraigadas y pueden ser cambiadas sin violencia, conviene que se corrijan cuanto antes ateniéndose a la normativa; en cambio, aquellas que no puedes corregirlas de momento sino que hay que emplearlas tal cual son, conviene que no las emplees, si ello es posible: así se irán haciendo obsoletas y, una vez olvidadas, podrán ser corregidas con mayor facilidad.
XI. El foro desdeña algunas nuevas flexiones léxicas introducidas en la lengua según criterios lógicos, a los que los buenos poetas, especialmente los autores de teatro, deben de acostumbrar con su uso los oídos del pueblo, porque los poetas tienen en este campo una enorme influencia: gracias a ellos, determinadas palabras se emplean muy apropiadamente en su flexión, y otras se utilizan de forma más equivocada. El uso lingüístico está en evolución constante, y así suele suceder que vocablos correctos se deterioren, y otros incorrectos mejoren. Palabras usadas erróneamente entre los antiguos se emplean actualmente con justeza, merced a algunos poetas; pero, del mismo modo, también algunas palabras que antaño se ajustaban a la norma, hoy en día se utilizan mal.
Por lo tanto, seguiremos a quienes nos animana atenernos al uso, siempre que éste sea el correcto, pues también en esto radica la analogía. Pero, si nos invitan a seguir un uso que es incorrecto, no nos ajustaremos a él en lo más mínimo, excepto cuando haya necesidad de seguir ejemplos igualmente equivocados en otras circunstancias: sólo entonces, cuando la necesidad nos apremia, los aceptaremos, aunque de mala gana.
XIII. Tampoco Lisipo siguió los defectos de los artistas precedentes antes que el arte. Así debe hacerlo el pueblo; así debe hacerlo cada persona particular, siempre que no resulte desagradable para el pueblo.
Quienes no sólo rastrean las palabras perdidas, sino que además ofrecen alguna pista para encontrarlas, ¿en el caso de que algún vocablo haya desaparecido del léxico, no sólo no deberán hacer nada para recuperarlo, sino que además, para que no se restituya al léxico, arremeterán contra quienes puedan proporcionar datos?
No debemos evitar en absoluto la aceptación de cualquier palabra nueva, acuñada de acuerdo con la analogía.
XIV. Respecto al uso en el vestido, en la construcción, en el mobiliario, la vieja costumbre no impide la aparición de nuevas modas, pues, ¿a quién el apego a la rutina lo hace continuar estando aferrado a los vestidos viejos? ¿A quién no lo arrastra el deseo a emplear vestidos nuevos?
XV. ¿O acaso no se derogan las leyes viejas para dejar paso a otras nuevas?
XVI. Con la reciente importación desde Grecia de vasos de inusitadas formas, ¿no han sido arrinconados los tazones y las cápulas a la antigua usanza? ¿Por qué, entonces, apegados al uso tradicional, negarse a emplear nuevas formas de palabras dictadas por la analogía? ¿Tan grande es la diferencia que pretenden que exista entre dos sentidos, de forma que con los ojos puedan buscar siempre nuevos modelos de muebles, mientras que pretenden que los oidos siempre oigan las mismas palabras?