SOBRE LA LENGUA LATINA
LIBRO VIII

II. (...) Dos son, en general, los orígenes de las palabras: la imposición y la flexión. La primera viene a ser la fuente; la segunda, el río. Los hombres quisieron que las formas “impuestas” fueran las menos posibles, con el fin de aprenderlas cuanto antes; y que las “flexionadas” fueran el mayor número posible, para que todos pudiesen emplear aquellas que fuera necesario utilizar.
En cuanto al primer tipo de palabras, se necesita echar mano de la historia: su conocimiento no llega hasta nosotros más que estudiándolas. En cuanto al segundo tipo de palabras, hay que emplear la ciencia gramatical. Para ello se precisan pocas que, además, son breves. Cuando hayas aprendido qué principios se emplean en la declinación de una sola palabra, podrás aplicarlos en un número infinito de palabras. Así, cuando se adoptan palabras nuevas, acomodándolas al uso normal, todo el mundo es capaz de recitar sin vacilar su declinación. Incluso los esclavos recién comprados que entran a formar parte de una numerosa familia, tan pronto corno conocen el caso «recto» de todos sus compañeros de esclavitud, lo declinan en seguida en sus casos oblicuos.
Y aunque alguna vez se equivoquen, no hay que extrañarse de ello: también quienes impusieron por primera vez nombre a las cosas, quizá en alguna ocasión sufrieron errores. En efecto, se piensa que decidieron designar las cosas en singular para, a partir de aquí, pasar a la flexión en plural: de homo, homines. Del mismo modo, se cree que quisieron que los hijos varones fueran particularmente designados para, a partir del masculino, declinar las formas femeninas, como de Terentius, Terentia. De este modo se habrían impuesto los nombres en caso nominativo para, a partir de él, emplear las posibles formas a las que se llega por la declinación. Ahora bien, no siempre es posible atenerse a estos principios en todas las ocasiones, ya que se dice unae scopae y bis scopae; aquila (águila) es masculino y femenino; y vis (fuerza) es tanto nominativo como caso oblicuo.
La mayoría de las veces no resulta difícil explicar por qué todo esto no es en realidad tan irregular como la gente cree, pero no es necesario hacerlo en este lugar. Lo que nos interesa en este momento es, no cómo los antiguos pudieron alcanzar su objetivo, sino qué objetivo se marcaron, ya que resulta tan difícil declinar scopae, scoparum, a partir del nominativo que establecieron. Como lo resultaría si hubieran decidido que éste fuera scopa, cuyo genitivo sería scopae, etc.
III. Como digo, el motivo por el que se flexionan aquellas palabras a partir de los nombres impuestos en caso recto es el que acabo de apuntar. Ello da pie a que, de forma general y concisa, exponga en qué palabras decidieron que hubiera flexión y en cuáles no. Las palabras son de dos tipos: uno “fecundo”, que a partir de sí, mediante la declinación, engendra otras muchas y diferentes formas -por ejemplo, lego, legis, legam, etc.-; otro “estéril”, que no engendra nada a partir de sí -por ejemplo, etiam, vis, cras, magis, cur.
De aquellas cosas cuyo uso era simple, simple era también entonces la flexión de su nombre, del mismo modo que en la casa en la que hay un solo esclavo sólo hay necesidad de un nombre de esclavo, mientras que en la que hay muchos esclavos muchos son los nombres que se necesitan. Por tanto, en las cosas que poseen un nombre, las derivaciones son múltiples, ya que múltiples son las variaciones de una palabra; en cambio, en aquellas otras que sirven de nexo y que unen palabras, suele encontrarse una sola forma, ya que no hay necesidad de declinarla en varias diferentes. En efecto, con una sola correa puedes atar a un hombre o a un caballo o cualquier cosa que pueda ser atada a otra. Así, cuando en una conversación decimos “fueron cónsules Tulio y Antonio”, con el mismo “y” podemos unir todas las parejas de cónsules; diré aún más: podemos unir todos los nombres e incluso también todo tipo de palabras, permaneciendo invariable en todo momento el soporte monosilábico “y”. Por lo tanto, siendo la naturaleza nuestro guía, sucede que consideraríamos que fuera precisa una declinación a partir de todos aquellos nombres que han sido impuestos a las cosas.
IV. Respecto a qué clases de palabras son las que dan lugar a flexiones, las partes del discurso son dos, si, de acuerdo con Dión, establecemos dividir en tres categorías las cosas, que toman un significado a través de las palabras: una que indica los casos; otra, tiempos: y una tercera que no indica ni uno ni lo otro. De estas tres partes, Aristóteles afirma que sólo dos de ellas pertenecen al discurso: los nombres y los verbos, como homo y equus, legit y currit. De ambas categorías -nombres y verbos- tenemos formas primarias y formas secundarias. Primarias, como homo, scribit; secundarias, como doctus y docte. En efecto, se dice homo doctus (hombre sabio) scribitdocte (escribe sabiamente). Estas expresiones implican lugar y tiempo, pues ni homo ni scribit pueden existir sin idea de lugar y de tiempo, aunque de tal manera que la noción de lugar está conectada a homo y la de tiempo a la acción de escribir.
Dado que la primera de estas partes del discurso es el nombre (pues, el nombre se encuentra antes que el verbo, y las demás partes del discurso se encuentran después del nombre y del verbo), sean también los nombres los primeros. Por ello, me referiré antes a la declinación de los nombres que a la conjugación de los verbos.
V. Los nombres varían de forma bien sea desembocando en la diferenciación de aquellas cosas cuyos nombres ostentan -como Terentia, derivado de Terentius- bien sea aplicándose accidentalmente a cosas de las que no son el auténtico nombre - como equiso (caballerizo), derivado de equus (caballo)-. De acuerdo con sus variaciones propias, los nombres se declinan o bien según la naturaleza de la cosa misma de que se habla hace o bien según el empleo que del vocablo hace el hablante. Teniendo en cuenta las diferencias de la cosa en sí, las variaciones pueden producirse a partir del todo o de una parte. Por ejemplo, de homo, homunculus (hombrecillo), de caput, capitulum (cabecita). En cuanto a las variaciones de número, de homo, por ejemplo, tenemos homines; dejo de lado que algunos dicen cervices y Hortensio en sus poemas emplea la forma cervix.
Aquellas palabras que derivan de una parte, lo hacen bien del cuerpo -como de mamma (teta), mammosae (mujeres tetudas); de manu (mano), manubria (mangos)- o bien del espíritu -como de prudentia (prudencia), prudens (prudente); de ingenium (ingenio), ingeniosi (ingeniosos)-. Estos términos están al margen de cualquier movimiento; pero, cuando la actividad es mayor, derivan así mismo del espíritu o del cuerpo: como strenui (valientes) y nobiles (famosos), derivados respectivamente de strenuitas (valentía) y nobilitas (nobleza), así también, de pugnare (luchar) y currere (correr) derivan pugiles (luchadores) y cursores (corredores). Del mismo modo que algunas derivaciones tienen su punto de partida en el espíritu, y otras en el cuerpo, así también hay otras que parten de cosas exteriores al hombre, como pecuniosi (ricos) y agrarii (expertos en leyes agrarias), ya que pecunia (riqueza) y ager (campo) es algo que está fuera de la persona.
VI. Las cosas se declinan de acuerdo con la necesidad de los hablantes, de manera que quien se refiere a otra persona pueda precisar cuando llama, cuando da, cuando acusa, y así también para las otras diferencias del mismo tipo: esto es lo que nos llevó a nosotros y a los griegos al empleo de la declinación. Sin discusión alguna se consideran casos las formas oblicuas que derivan del nominativo: a partir de ello, hay quienes cuestionan que el nominativo sea realmente un caso. Nosotros poseemos seis casos; los griegos, cinco: el que indica quién es llamado, como Hercules; como es llamado, por ejemplo Hercule; a dónde es llamado, como ad Herculem; por quién es llamado, como ab Hercule; para quién es llamado, como Herculi; de quién es llamado, como Herculis.